Te necesito. ¿Te necesito?

Paso caminando por al lado y lo veo, está apenas apoyado contra el árbol.

La pintura amarilla sobre la chapa ya casi desapareció y sus esquinas están oxidadas.

No estoy hablando otra vez del IKA que leíste en el último post. Te estoy hablando de un viejo cartel de chapa que alguna vez me encontré en un campo y que, desde hace años, vengo paseando de jardín en jardín.

Es un simple cartel que dice “Tractor”. ¿Tengo un tractor? No, no tengo un tractor. Pero me gusta ese cartel que dice tractor.

Ahora…¿lo necesito?

De las mil veces que pasé caminando por al lado, el otro día fue la primera vez que me lo pregunté. Y parece que esa pregunta fue medio un cachetazo porque me hizo pensar en todas las cosas que vengo guardando hace años, sin pensar dos veces si realmente necesitan estar en mi vida.

Como mesitas de luz.

Parece que tengo más de la media necesaria. Capaz por eso, para algunos amigos me gané el apodo de “el loquito de las mesitas de luz”.

Ya sé, me estoy metiendo otra vez en una con mil aristas y por eso escribir este post me está volviendo loco.

Pero esperá, no me juzgues tan rápido, tampoco es que soy un acumulador.

¿O sí?

Necesito averiguarlo.

 

El Romanticismo del minimalismo

Creo que un buen lugar para arrancar a ordenar este tema es con la japonesa que convirtió justamente el orden en una filosofía popular. Marie Kondo nos introdujo su célebre técnica para depurar objetos: “quedate solo con lo que te da alegría”. El resto, gracias y adiós.

Pero hay cosas que no se tamizan tan fácil con ese filtro. No sé si el taladro rotopercutor Bosch que tengo en el garage me da demasiada alegría… pero Marie, con todo respeto, ese aparato cumple cada vez.

El taladro se queda.

Igual, entiendo el punto. Kondo no propone tirar por tirar, sino tomar consciencia; detectar todo eso que acumulamos sin querer y que no necesariamente carga la mejor energía o que simplemente mete ruido visual, mental y emocional.

Pero a la vez siento que ese nivel de pureza no es para todos.

Tal vez habría que complementar la alegría de Marie con la lógica de James Clear que dice que “no se trata de tener menos cosas, sino de tener la cantidad óptima de cosas que necesitamos”.

Ah! pero…”óptima”. Qué palabrita tan tramposa y subjetiva.

Tengo en claro que, en mi caso y de ciertos rubros, esa cantidad es subóptima y estoy dispuesto a vivir con eso (no me toques las mesitas de luz!). Pero también es verdad que muchas cosas se desvían de ese nivel óptimo cuando entran a la categoría “GxD”: sí, la famosa “guardada por las dudas”.

Es verdad, ni Kondo ni Clear viven en Argentina. En este país vivimos con cero previsibilidad, las cosas cuestan un huevo y reemplazar algo demanda tiempo, dinero y paciencia. A veces “no soltar” no es apego, es defensa personal. Y ni siquiera estoy entrando en tema residuos.

Pero soltemos las excusas por un segundo.

¿Cuál es el precio que pago por guardar esas cajas de cartón hasta la próxima mudanza?¿Cuánto realmente me solucioné la vida quedándome con esos viejos auriculares o guardando ese sistema home-theater 5.1 hasta que tenga la casa para conectarlo?

Capaz por todas estas contradicciones que llevo adentro, este tema del minimalismo me interpela tanto como me incomoda.

Capaz necesito otra etiqueta. Una que deje lugar a la duda, al apego, a lo útil…y al taladro Bosch.

 

The Mediomalist, crónica de una contradicción

Me nació ahora escribir este post, pero mi fusible anti-acumulador, en realidad, se activó hace unos años.

Dejame ser claro, estoy lejos de ser un minimalista.

No vengo a evangelizar porque no tengo nada resuelto. No tengo la casa blanca, ni pienso vivir con 33 cosas, ni instalarme en un barril como Diógenes de Sinope, ni me interesa vestirme todos los días igual como Steve Jobs para “ahorrar decisiones”.

Me gusta perder tiempo en decidir.

Tampoco vengo a demonizar al consumo. A esta altura ya todos entendemos cómo funciona ese pico de dopamina que explota cuando Mercado Libre nos avisa: “Tu compra está por llegar, Pol!”

También sabemos cuánto dura; lo que tardamos en abrir la bolsita amarilla.

No traigo ni recetas ni banderas. Hoy vengo a hablar de matices. Porque no es que guardo cualquier cosa, pero tengo un par de debilidades que no ayudan mucho a mi pseudo-minimalismo:

  • Me encanta el diseño
  • Me fascina lo analógico
  • Y amo las historias…y los objetos, bueno, muchos tienen buenas historias.

El tema es que esas tres pasiones conviven con una inclinación estética (teórica) hacia el minimalismo. Me la despertaron enormes como Le Corbusier, Mies van der Rohe, Zaha Hadid, Alvar Aalto y Frank Lloyd Wright en mi paso fugaz por la facultad de Arquitectura, recién salido del secundario.

¿Qué pasó en las últimas dos décadas con el “menos es más” que tanto me machacaron durante esos años en la FADU?

La pregunta volvió con fuerza entre dos mudanzas que me tocaron hace un tiempo. Parece que las mudanzas, como las crisis, ordenan a la fuerza. Te obligan a decidir qué vale y qué pesa. Más si en la primera sumaste, pero en la segunda te achicaste a un tercio en metros cuadrados.

Y aunque hoy no me defina por completo, algo de todo este boom minimalista resucitó las enseñanzas de las escuelas Modernas y de la Bauhaus. Algo empezó a hacer ruido y el minimalismo empezó a permear; pensar dos veces lo que guardo, lo que compro, lo que arrastro.

¿Querés explorar más ese mundo? Te recomiendo el documental Minimalism (Netflix) o el libro Goodbye, Things de Fumio Sasaki.

Pero, otra vez: ese no soy yo, al menos no en su totalidad.

Tal vez, por ese equilibrio que busco entre la estética limpia y el apego emocional a lo tangible, me terminé inventando una palabra que me representa mejor:

Mediomalista.

Ni despojado, ni acumulador. Ni Marie Kondo, ni Diógenes. Soy un mediomalista, una contradicción, un intento de punto medio.

 

Pingüinos en un sauna

“Las cosas no cambian, nosotros cambiamos”.

Lo decía Thoreau y, hace unos días, lo escuché al psicoanalista Gabriel Rolón referirse a algo parecido. Hablaba de eso que sentimos cuando volvemos a entrar a esa casa que tanto quisimos de chicos pero…ya no es lo mismo, ya no se siente igual.

Porque las personas que estaban, ya no están.

Los momentos que vivimos, no se van a repetir.

Pero sobre todo: nosotros ya no somos los mismos.

Pasa que a veces, consciente o inconscientemente, nos aferramos a los objetos como si fueran anclas de nuestra identidad con la esperanza de que puedan sostener en el tiempo algo de todo eso que queremos seguir atesorando.

Nos pasa con una bici que ya no usamos, con esos platillos de batería que juramos que algún día vamos a volver a tocar o con esa mochila que nos acompañó alrededor del mundo y que (a pesar que paradójicamente nos recuerda lo poco que necesitamos para vivir felices durante 6 meses seguidos) claramente ya cumplió su ciclo. Nos pasa por supuesto también con la ropa.

Laaaa roooopa!…Te dije que ahora vivo en una casa chiquita.

Tan chica que, entre temporadas, me obliga a guardar la ropa en bolsas al vacío. Hace unos meses, mientras hacía el enroque de verano a invierno, me encontré descomprimiendo una bolsa de sweaters elegante sport, de esos bien mononos que usaba en mi vida pasada de oficina.

Los miré como si fuesen pingüinos en un sauna, especímenes raros que no encajan en su entorno. Es que ahora vivo en un lugar donde hay más pinos que bondis y hace años que no piso una oficina porteña.

¿Por qué sigo guardando esos pingüinitos?

Probablemente porque todavía me cuesta desprenderme de esa identidad que, en su momento, supo darme tanta seguridad.

Pero de a poco me voy despabilando.

Voy entendiendo que no necesito demostrar nada y que no hace falta que las cosas me digan quién soy. Mucho menos que me anclen a quien ya no soy.

Por eso pienso que tal vez Thoreau y Rolón tengan algún poroto para sumar a este tema del minimalismo.

Porque si en lugar de aferrarnos a las cosas que alguna vez fueron testigos de nuestra felicidad, abrazáramos la la idea de la impermanencia de la vida, quizás ya no necesitaríamos de las cosas para definirnos y darnos identidad.

Tal vez podríamos desprendernos más fácilmente sin que eso signifique perder nada, sino todo lo contrario, ganar espacio para lo nuevo.

 

Disfrute fuera de vitrina

Imaginate el cuchillo más espectacular que jamás haya existido. Imaginalo con un filo tan diabólico que sería capaz de filetear un átomo para hacerlo sushi. Ni Carmy Berzatto se sentiría digno de usarlo.

Ese cuchillo existe. Tiene mi nombre grabado en kana y me lo traje de Japón hace como 7 años .

¿Cuántas veces lo usé?

Exacto.

Además de las cosas que guardo por diseño o por sus historias, también están las cosas que guardo por miedo. Por supuesto, eso tampoco ayuda al minimalismo.

En su infinita sabiduría griega, Aristóteles afirmaba que “la riqueza consiste mucho más en el disfrute que en la posesión.

Por eso, ¿para qué tengo guardadas las cosas que más me gustan en cajitas de cristal si no las voy a disfrutar? ¿Para qué las cuido tanto? ¿En qué momento mi aversión tana a la pérdida se volvió más fuerte que las ganas de vivirlas?

La respuesta, en parte, está en la sangre.

Herencia epigenética de generaciones que sobrevivieron a guerras y descubrieron todo lo que se puede llegar a perder en la vida. Antepasados que aprendieron a valorar lo guardado, lo escondido, lo que nadie toca.

Y acá estoy yo, un siglo después, con un cuchillo japonés envuelto en una suerte de mamushka de capas de protección…dentro de una fundita, que está adentro de una cajita, que duerme adentro de un cajón. Un cuchillo al que ni siquiera dejo salir a cortar una cebolla porque “me da cosita”. Y claro, para no arruinarlo, me veo obligado a sumar otro cuchillo al repertorio. Uno más común, más mundano y menos costoso. Uno que sí va a ser vivido.

Se siente ridículo. Porque lo es.

Hace un tiempo, leyendo Show Your Work” de Austin Kleon, me encontré con un concepto que resalté y me anoté: “para cuando saque el post de minimalismo”:

La Wunderkammer.

Literalmente traducido “cuarto de las maravillas”, fueron los precursores de los museos. En el Renacimiento, eran gabinetes donde los coleccionistas excéntricos acumulaban objetos raros, curiosos y valiosos: un dientito de narval al lado de alguna momia afanada a los egipcios, un insecto disecado junto a una esfera armilar. Eran espacios para mostrarle al mundo “mirá todo lo que tengo y todo lo que sé”, una especie de Instagram del siglo XVI.

Mientras leía, pensaba: “fuck…soy yo”.

Tengo mi propia Wunderkammer disimulada entre cajones, vitrinas y repisas. Objetos que no uso pero que me encanta tener: el cuchillo nipón mamushkeado, una tabla de surf que últimamente agarra más polvo que olas, un tocadiscos que fue silenciado por la comodidad de las playlists de Spotify…puedo seguir eh.

No los uso pero están ahí, congelados en mi propia Wunderkammer curada por mi yo más neurótico, más estético y más…cagón. Porque entre la idea de conservarlos impecables y el miedo a arruinarlos, elijo no tocarlos. Y al no usarlos, dejo de vivirlos. Como si admirarlos fuera noble, pero usarlos una forma de profanación.

¿Será entonces que mi incapacidad minimalista sea (también) consecuencia de esta acumulación de pruebas de una vida que no me animo a vivir?

Tal vez el disfrute, como dijo Aristóteles, no esté en poseer cosas perfectas sino en permitir que se desgasten por haber sido parte de una vida bien vivida. Tal vez la verdadera maravilla no sea el objeto en sí, sino el momento en que lo usamos sin miedo.

Porque si la tabla no junta arena y sal, si el cuchillo no se desafila o si la púa no se gasta… entonces no vivieron. Y si no vivieron ellos, ¿viví yo?

Así que decidí hacer un cambio. Empecé a desarmar mi Wunderkammer.

 

El objeto…de todo

Me estaba costando cerrar a este post, el tema es inagotable.

Pero el otro día me encontré leyendo estas líneas: “Cuando tratamos de encontrarnos a nosotros mismos a través de las cosas,escribe Tolle “sentimos que siempre estamos a punto de hacerlo, pero nunca lo logramos. En el proceso, nos terminamos perdiendo a nosotros mismos”.

No, no pienso tirar el cartel de tractor. Tampoco soltar las mesitas de luz. Me gusta vivir en casas donde haya objetos que cuenten historias.

Pero a veces me pregunto si no estoy dejando que algunas cosas sientan por mí. Como si, sin ellas, ciertos momentos dejaran de existir. Como si necesitara verlas para volver a sentir.

El problema con las cosas es que, una vez que las conseguimos, pensamos que son nuestras…pero muchas veces, son ellas las que se terminan adueñando de nosotros. De nuestro tiempo y de nuestra energía. Primero para conseguirlas, después para mantenerlas, cuestionarlas y hasta soltarlas.

También de nuestra identidad. Porque cuando decimos “ésto es mío”, muchas veces estamos diciendo “ésto soy yo”. Y si eso se rompe, se pierde o ya no está ¿qué pasa con nosotros?.

La posesión genera apego y ya sabemos lo que dijo el Buddha sobre eso…

Por eso, tal vez el minimalismo no se trate de tener menos o tener más. Tal vez, en realidad, se trata de no esperar que las cosas hagan todo el trabajo emocional por nosotros.

Porque las cosas no son buenas o malas en sí mismas. La trampa es que se vuelvan imprescindibles para emocionarnos. O peor, que generen tanto ruido, miedo o apego, que terminen nublando la experiencia que supuestamente venían a potenciar.

“El minimalismo no se trata de renunciar a las cosas que amás. Se trata de renunciar a las cosas que te alejan de lo que amás.”

Lo dijo Joshua Fields en ese documental “Minimalists” que te recomendé y cada vez me hace más sentido. La simplicidad es libertad. Libertad para dedicarle tiempo, atención y energía a lo que realmente importa.

Te dije que tengo un par de amores.

Te dije que amo las historias.

Tal vez Joshua me esté diciendo que no necesito otra cámara, ni un mejor lente, ni un trípode de titanio. Tal vez me está diciendo; “ojo flaco, cuanto más te obsesionás con obtener las herramientas para contar historias, más pausás lo importante; contarlas”.

Te dije que amo el diseño.

Capaz Joshua también me está diciendo que cuantas más cosas irrelevantes tengo dando vueltas, menos espacio dejo para poder apreciar esas piezas que amo.

Capaz me está diciendo algo mucho más profundo.

Capaz me está diciendo que me preocupe menos por las cosas y más por lo que amo y las personas que amo: del contacto con el mar, de compartir la anécdota del cuchillo japonés con mis amigos mientras les cocino (justamente) con el cuchillo japonés, o de volver a escuchar ese hermoso rasguido del vinilo que a Spotify tanto le cuesta emular. De volver a entrarle con pasión a esos Zildjian. 

Así que de a poco voy entendiéndome y definiéndome mejor.

No soy minimalista, tampoco un acumulador. Soy un mediomalista que tiene afecto por cosas peculiares, a veces difíciles de justificar…como un cartel de tractor o algunas mesitas de luz.

Pero ahora empiezo a tener otra relación con las cosas. Porque estoy convencido que el hecho de empezar a hacerme estas preguntas que plantean Kondo, Clear, Kleon, Fields y hasta Tolle, Aristóteles, y el mismísimo Buddha…suma.

O resta, depende lo que decida.

Abrazo y hasta la prox.

Leave a Comment

Your email address will not be published. Required fields are marked *