Storytelling, una arma de doble filo

Una de las cosas que más me apasiona es contar y consumir historias.

No es casual.

El storytelling es una de las herramientas más antiguas en la que como especie nos fuimos apoyando para poder transmitir conocimiento, conectarnos e identicarnos en tribus. La escritora Lisa Cron, en su libro “Wired for Story”, afirma que el storytelling fue todavía más importante que los pulgares en nuestra evolución, porque “los pulgares nos permitieron aferrar cosas, pero las historias nos dieron de qué sostenernos para sobrevivir”.

Pero esta herramienta también tiene su contracara oscura.

Sobran ejemplos para ilustrar cómo muchas de las peores atrocidades de la historia se cometieron -y se siguen cometiendo- mediante la difusión de relatos propagandísticos que buscan dividirnos o justificar la sed de poder de algunos delirantes.

¿Qué pasa con las historias que nos contamos a nosotros mismos? ¿Pueden tener las mismas consecuencias negativas en nuestras vidas?

 

La mente en modo Christopher Nolan 

Algo de ésto probablemente te resulte familiar. Te estás yendo a acostar y tu mente entra en modo directora de cine y empieza a proyectar películas, pero acá la protagonista sos vos.

En mi caso, estas proyecciones suelen darse en dos sets principales:

  1. El primero es el de los eventos pasados, donde generalmente faltan elementos de la narrativa y mi mente tiende a completar esos espacios en blanco de la forma que más le conviene.
  2. El segundo es el de las narrativas futuras, donde sueño despierto secuencias de acción de mi “yo héroe”, al estilo del personaje de Ben Stiller en la película “La vida secreta de Walter Mitty”.

Ahora, es poco probable que los espacios faltantes de las historias pasadas se hayan dado exactamente como los proyecta mi mente. Y en los relatos imaginarios futuros, ninguno de esos elementos de la trama todavía ocurrieron. Aún así, no importa, mi mente tiene la fija de construir estas elaboradas narrativas pasadas y futuras.

Pero entonces ¿por qué?, ¿para qué?.

A veces pienso que el storytelling del pasado funciona como un mecanismo de auto-castigo por no haber estado a la altura de la visión de mi “yo heroico”. “Deberías haber dicho ésto. Deberías haber actuado de esta otra manera”Otras veces, simplifica o recorta información de esos eventos, tal vez activando algún mecanismo de defensa para alimentar mi ego o justificar mi accionar. 

En cualquier caso, mi mente necesita ajustarse a un guión bien definido que le permita sacar conclusiones rápidas, simplificando, encasillando y catalogando los resultados. Seguramente la realidad de esos eventos pasados fue mucho más compleja y tuvo muchos más matices.

Con las historias futuras, pasa algo similar. A veces me reconforto pensando que una visualización positiva de los eventos puede ayudarme a materializar lo que quiero que suceda en mi vida. Pero me pregunto si no será un delirio de control ante la descomunal cantidad de variables no controlables que se me van a ir presentando en el camino.

También tengo proyecciones negativas de todo lo que puede salir mal. ¿Y esas? ¿Falta de confianza o mecanismo de anticipación al peligro? Probablemente algún antepasado neandertal que me fue pasando el gen persecuta. 

Sea cual sea la razón, casi que puedo escuchar ese FRRRRR del sonido de ese proyector de mi mente reproduciendo historias que pretenden predecir la interacción de todas esas variables, muchas fuera de mi control.

¿Somos, entonces, presos de nuestro propio storytelling?

  

El peligro de nuestro storytelling interno

Estamos cableados para las historias y nuestro storytelling interno se activa con fuerza rememorando eventos del pasado o imaginando los del futuro. A veces poniendo a nuestro “yo héroe” en una trama exitosa, otras como villano o como un héroe medio pelo que no está a la altura de la circunstancias.

En cualquier caso, son construcciones de nuestra mente que, como mínimo, creo que nos conviene cuestionar. ¿Por qué?:

  1. Porque son eso, construcciones simplificadas que probablemente no se ajustan a una realidad objetiva.
  2. Porque esas historias tienen tramas muy sesgadas que exacerban y distorsionan nuestros sentimientos. Las negativas fogonean la culpa, la ansiedad o las dudas. Las positivas impiden una mirada más crítica y nos dan un falso sentido de control.

Si no logramos tomar distancia de este storytelling interno, corremos el riesgo de convertirnos en esclavos de nuestra mente y de las narrativas que nos repite constantemente en forma de loop. Nuestra experiencia perceptiva queda pingponeando entre fantasía y realidad como la de Walter Mitty.

El riesgo va un pasito más.

Nuestra mente no sólo fabrica historias acerca de nosotros mismos, sino también de nuestras parejas, familias, amigos, países y cómo percibimos el mundo. A veces es muy difícil distinguir entre nuestras construcciones y una realidad más objetiva. Creemos que esa es la realidad absoluta y no entendemos cómo otros no pueden verla así. Esta incapacidad de ver más allá de nuestras propias películas mentales -y narices- nos lleva, como mínimo, a una vida mucho menos rica y consciente. En el espectro más preocupante, a las divisiones, la intolerancia y los fanatismos.

Acá es donde esta hermosa habilidad humana del storytelling se puede volver un tiro por la culata que limita nuestra capacidad de crear más y mejores conexiones. Tal vez, una mirada más estoica nos permita identificar nuestro diálogo interno y separar los hechos de las construcciones mentales que rellenan todo eso que no sabemos, que no comprendemos o que no queremos enfrentar.

 

Evitando nuestra propia “caja boba”

J.K. Rowling dijo una vez que “ninguna historia vive a menos que alguien quiera escucharla”. Puede que en esa frase esté escondida la llave para destrabar este barullo mental.

¿Quién es la principal audiencia en las tramas que construye nuestra mente?

Nuestro ego.

Ok, ¿qué pasaría entonces si, en la historia de nuestra vida, le diésemos a nuestro propio héroe protagonista un nuevo guión? Uno que fuese algo así:

“Oíme, tu misión ahora es desafiar y cuestionar todo el storytelling que genera tu propia mente”.

Siguiendo a Rowling, si pudiésemos pedirle a los muchachos de seguridad del cine que removieran a nuestro ego de esa sala de proyección, dejaría de existir audiencia. Sin ella, las trampas de nuestros relatos internos dejarían de tener efecto.

No es una travesía fácil. Es incomoda y muchas veces también duele porque el ego da pelea y se resiste a que lo saquen de la peli. Pero creo que vale la pena intentarlo para vivir una vida más expansiva.

Ok, todo bien con el diagnóstico. Pero, ¿cómo lo hacemos?.

Estoy lejos de tener “la” respuesta, pero vengo experimentando con algunas cosas con las que creo que voy avanzando de a poquito. Debajo te dejo las herramientas que yo utilizo a diario para ayudarme a sacar a mi propio ego de esa sala de proyección:

  1. Tener un amuleto. En la película El Origen, el personaje de Di Caprio usa un trompito para distinguir cuándo está dentro de un sueño de cuándo está en la vida real. Eso es porque lo primero y más difícil de lograr, es ser conscientes que estamos dentro de un relato. Yo uso una pulsera, pero un tattoo, un anillo, lo que sea que puedas mirar frecuentemente, te puede ayudar a frenar un segundo tus pensamientos para lograr reconocer tu propio storytelling interno. A partir de ahí, podés accionar.
  2. (Intentar) no tomarme las cosas personales. Uno de los famosos 4 acuerdos de Don Miguel Ruiz. Las personas no nos hacen cosas a nosotros, las personas sólo actúan y nosotros después lo interpretamos como personal. Madre de Dios lo que me cuesta, pero recordar este acuerdo creo que me evita enroscarme en el storytelling y drama mental en un 80%. Mínimo.
  3. Adoptar una identidad de detective. Se trata de buscar la verdad, no buscar tener razón. Trato de cuestionar las suposiciones -otro de los 4 acuerdos- de mis narrativas como si fuese un interrogatorio. Busco entender por qué estoy rellenando espacios vacíos del relato con conjeturas en vez de hacerlo con hechos. ¿Cuál es la tendencia de esa suposición? ¿Busca confirmar mi mirada? ¿Busca reconfortarme o castigarme por haberme equivocado? ¿Busca castigar a otros? Cuestiono esa historia como si fuese un relato de una interrogación de un detective a un testigo. Busco la verdad. 
  4. Anotar mis historias. Si es pasada, desgloso cuántos de esos elementos son fácticos y cuántos son suposiciones. Si es futura, anoto lo que me imagino que va a pasar y me pregunto cuánta data real hay para respaldar esa proyección. Transcurridos los eventos, lo contrasto con lo que realmente pasó. Me ayuda a ser consciente de mi absoluta falta de control sobre muchos de esos eventos y lo ridículo de varias de mis proyecciones.
  5. Meditar y escribir. Muchas veces me cuesta muchísimo romper estos relatos. Hay situaciones dolorosas o expectativas desmesuradas que me ponen muy a prueba. Estas dos herramientas me ayudan mucho a estar presente. A partir de ahí, puedo tomar un poco de distancia de los hechos para desapegarme de mi ego y a estar más calmo y ecuánime para pensar y accionar mejor.

Además de estas técnicas que son bastante universales, hay muchas otras más personales que seguro te pueden ayudar a cortar el relato interno. En mi caso, por ejemplo, salir a correr me permite entrar en un flow hermoso, en una sensación de bienestar y conexión íntima con todo el fucking universo. Eso una de las cosas que más me ayuda a procesar los relatos internos que probablemente no me estén jugando a favor.

Pero es muy personal. Permitite explorar y encontrar tu propias herramientas.

Creo que lo más importante es estar presentes para saber cuándo y por qué nuestra mente está proyectando historias del pasado o del futuro. El héroe y el villano de estas tramas pueden ser el mismo personaje y conviene tratar de estar atentos para identificarlos rápido.

Porque como dijo El Buddha: “Nada tiene más capacidad de dañarnos que nuestros propios pensamientos desatendidos”.

Un abrazo y hasta la prox!

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